2 de septiembre de 2008

Visperas del otoño

Vísperas del otoño, 1939
 
 
 Por Jack Fuchs * 
 
Está a punto de llegar el otoño de 1939. Como todos los años, Polonia se prepara para recibir el largo invierno. Pronto, la nieve y las heladas van a cubrir los pastos, los ríos se congelarán durante los próximos seis meses. El verano concluye, los campesinos recogen las cosechas, se aprovisionan para el frío. Nadie lo sabe todavía, pero el otoño y el invierno de  este año no van a durar seis meses, van a durar seis años.
 
El verano del '39 fue el último. Los niños ya no volvieron a ver cómo crecen las manzanas, cómo caen las peras maduras, cómo huelen los ciruelos. El gueto empezó pronto. La ciudad se nos cerró. Yo vivía en Lodz, ciudad de olores y suciedades de la industria. En agosto de ese año fui por última vez al aire libre, el sol, la diversión y los juegos de vacaciones. Una casa precaria, rodeada de plantaciones frutales; el dueño alquilaba habitaciones, mi padre solía llevarnos unos pocos días, "para que los chicos corran y disfruten del paisaje". Nadie pensó que esa era la última vez.
 
Aquí, en Buenos Aires pronto va a terminar el invierno. Leo la prensa, me sorprende  que el mundo entero sufra, se conmueva por los 118 marinos rusos  que están atrapados en un submarino nuclear hundido. Me sorprende la expectativa acerca de si van a salvarse o no, me asombra la inquietud con que la opinión pública pregunta cómo van a morir e imagina lo atroz de esas muertes. Me digo: esta es la diferencia entre la guerra y la paz. Del '39 al '45 murieron diez millones de personas por año. Y sin embrago hubo una gran indiferencia. La guerra naturaliza la muerte. La vuelve abstracta e impensable. La guerra justifica todo. Es el más cruel de los crímenes, se ampara en la necesidad, en la apariencia de "valores supremos", la patria, el territorio, las riquezas, y es la coartada que no tiene ningún otro fundamento más que el de activar una voluntad humana de destrucción, es la perfecta excusa para matar.
 
Las reglas de la guerra, contra lo que se piensa, también revelan ese fondo de crueldad. Está prohibido bombardear un hospital, eso dicen las reglas, los hospitales pintan una gran cruz roja en el techo para que los aviones los reconozcan y no los tomen por blanco. Las leyes de la guerra prohíben bombardear un sitio donde hay personas heridas, enfermas, agonizantes. Pero se permite y estimula que las bombas caigan sobre edificios civiles, sobre los cuarteles donde hay muchachos de 18 a 22 años, jóvenes, saludables, dueños de una vida por venir.
 
Todas la guerras, aunque los contextos históricos o políticos sean diferentes, tienen algo en común: matar y dejarse matar.  La violencia, la guerra, son objetos de investigación. La historia, la antropología, la psicología, la sociología se ocupa de estudiarlas. Hay explicaciones muy diversas, muy sesudas y muy disparatadas. Acerca de la Segunda Guerra se escribieron más de 40 mil libros. Se trata de entender lo que no se da al entendimiento, siempre queda un contenido, un resto indecible; la crueldad de la guerra propone un enigma que no se resuelve.
 
Recuerdo que nos enseñaban que el hombre educado, el hombre culto, mejor preparado para la vida, era a su vez quien en mejores condiciones estaba para vencer la violencia natural. Es un lugar común del hombre ilustrado suponer que la violencia, la crueldad son rasgos bárbaros, primitivos. Sin embargo, no reconozco ningún progreso entre matar a golpe de lanzas y matar en la cámara de gas.  Es la misma barbarie, con la obvia distinción que introducen las técnicas, más o menos sofisticadas. Siegue siendo, o es más bárbara por más mediación ilustrada que consideremos, una civilización que mata a punta de misil, con bombas atómicas o prodigiosos instrumentos del refinamiento industrial o técnico.
 
Siempre me enseñaron que la sabiduría, el conocimiento, hace mejor al hombre. Pero hubo personas, celebridades muy bien educadas, eruditos e intelectuales que justificaron el nazismo y lo elevaron a rango filosófico. Entre los verdugos, se sabe, había lectores de Goethe y grandes conocedores de la música de Wagner. Gente culta.
 
También es cierto que hubo intelectuales que escaparon trágicamente del nazismo o que murieron en defensa de sus derechos. El santo y el diablo luchan por sus convicciones. Pero el saber no garantiza nada. Si en la ignorancia alguien desconoce o relativiza la barbarie nazi, nadie se asombra; pero si lo dice el Gran Rabino Josef, un hombre de saber, gran conocedor de la Cábala y los textos sagrados, entonces la alarma recorre el mundo.
 
No busco dar una imagen de la guerra, renuncio a definir qué es la guerra. Pero cuando llega el 1 de septiembre, ahora que han transcurrido 61 años, uno contempla el mundo e intenta reflexionar sobre el pasado. Y el pasado se presenta como repetición. A mis 76 años, y en vísperas de aquel otoño, sigo haciéndome las mismas preguntas que cuando era un muchacho de 14 o 15 años. Me pregunto por el mal, por esa fuerza humana de destrucción y autodestrucción, me pregunto si alguna vez se podrá llegar a una conclusión o si, por el contrario, no hay término, no hay fin para esta pregunta.
 

 * Sobreviviente del Holocausto.

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