25 de diciembre de 2010

Fiestas del espíritu.



Januca y Navidad, dos milenarias tradiciones que llegan casi juntas

Marcos Aguinis
Para LA NACION

Dos milenarias tradiciones celebran casi juntas el solsticio de invierno. El día más corto del año, con su noche infinita, es desafiada por luminarias, cánticos, obsequios y comidas que responden a la alegría de ponerle fin a la oscuridad. Una se llama Janucá, la otra es Navidad. Ambas se fueron enriqueciendo con símbolos y leyendas. Ambas nacieron en el hemisferio norte (por eso las determina el solsticio de invierno) y se extendieron al resto del globo.

Casi nadie las ignora, aunque pocos indagan las peripecias de su devenir.

Hace más de veintitrés siglos que Israel había caído bajo el dominio helénico y fue disputada por los generales que sucedieron a Alejandro Magno. Una parte de la población cedió a las tentaciones de la nueva cultura y otra se aferró a la antigua y vigorosa identidad. Los enfrentamientos motivaron la intervención de Antíoco IV, radicado en Siria, que decidió definir la guerra en favor de los helenistas. Ocupó Jerusalén y profanó el Templo instalando en el sanctasanctórum una estatua de Zeus. Casi de inmediato, en el pequeño poblado de Modiín se alzó Matatías (o Matías) con sus cinco bravos hijos. Emprendieron una resistencia temeraria, provista de ingenio y de pasión. Cuando murió el anciano padre, fue sustituido por Judas (Iehuda) Macabeo, llamado así porque lo comparaban con un martillo. Pese a no disponer de suficientes armas, fue seguido por la mayoría de la población y, tras desiguales batallas, pudo reconquistar todo el país y liberar Jerusalén. Con sus hermanos, limpió y purificó el Templo; restituyó la gran Menorá (candelabro de siete brazos) legada por Moisés. Enseguida se abocaron a la construcción de un nuevo altar en lugar del contaminado. Los libros Macabeos I y Macabeos II narran que "durante ocho días celebraron la dedicación del altar? Entonces Judas, sus hermanos y toda la asamblea de Israel decidieron que la consagración del nuevo altar debía celebrarse cada año con gran alegría durante ocho días, a partir del día 25 del mes de kislev ". Esta fecha coincide con el solsticio de invierno. Pero el calendario hebreo es lunar y no mantiene un estricto paralelismo con el gregoriano, de ahí que parezca moverse unos días hacia adelante y otros hacia atrás, como sucede también con otras fiestas religiosas que comparten judíos y cristianos, tales como Pascua y Pentecostés.

Los hermanos Macabeos proclamaron la independencia del segundo Estado judío sobre toda Tierra Santa (el primero lo había hecho el rey David), renovada soberanía que iba a durar doscientos años, hasta la invasión de Pompeyo.

En Janucá se consolidó el ritual de encender las "luminarias", que son diferentes a las que se encienden para recibir el Sábado y otras festividades. El candelabro construido para esta ocasión se llama janukía y consta de nueve brazos: ocho se refieren a los días de la celebración y el noveno funciona como un piloto que enciende al resto. Esas luminarias expulsan el invierno y la oscuridad, proveen esperanza y energía.

El Talmud agregó la referencia de un milagro. Cuando se terminó de purificar el Templo y se quiso encender la Menorá, sólo había aceite de oliva para una sola jornada. Pero esa pequeña ración alcanzó para ocho, que fue el tiempo necesario para preparar el nuevo aceite. Durante la gesta macabea, también sucedió el martirio de Ana y sus siete hijos, que fue tomado como paradigma por los primeros cristianos mientras sufrían la persecución de Roma, y por eso los libros Macabeos jamás fueron separados de la Biblia católica.

En los hogares judíos, se celebra Janucá con comidas típicas como los latkes , juegos que reúnen a la familia y divierten a los niños como el dreidl o la perinola, y se van encendiendo los brazos de la janukía noche tras noche, junto a la más amplia ventana, para que su luz sea compartida por el resto de la humanidad y la ilumine con dicha, sabiduría y amor.

La Navidad también coincide con el solsticio de invierno. Se refiere al instante en que nació Jesús (por eso es más preciso decir Natividad). Pero ese instante no es mencionado en ningún Evangelio. La más aproximada referencia fue escrita por Lucas en el capítulo 2 de su libro, en el que afirma sin rodeos que había pastores en los campos pasando la noche al aire libre con sus rebaños, bajo un cielo lleno de estrellas. Semejante cuadro es imposible en el invierno. Por lo tanto, Jesús no nació el 25 de diciembre. Esta frase no es una herejía: basta revisar las polémicas y hasta decisiones fanáticas que se adoptaron en torno a la fecha. Los Testigos de Jehová ni siquiera celebran la Navidad por considerarla una fiesta pagana. Durante la Reforma Protestante, fue prohibida en algunas iglesias por considerársela una "trampa de los papistas". Con el gobierno de Oliver Cromwell fue llanamente vedada. En América colonial los puritanos la declararon ilegal en Boston desde 1659 hasta 1681.

Se sostiene que quien más contribuyó a revivir esta fiesta fue Charles Dickens con su maravilloso "Cuento de Navidad", publicado a mediados del siglo XIX. Allí pintó con frases geniales los valores de la familia, el afecto y la buena voluntad que alimenta esa noche. Recién en 1870, el presidente Ulysses Grant la declaró feriado nacional, pese a la obstinada repulsa de varias denominaciones cristianas.

Veamos ahora por qué se eligió el 25 de diciembre para fijar el nacimiento de Jesús.

En el Imperio Romano se celebraba el solsticio de invierno con fiestas en homenaje a Saturno, que culminaban el 25 de diciembre, precisamente. También coincidía con el nacimiento de Mitra, de quien había sido devoto Constantino el Grande. En esa época, "el sol vence a las tinieblas" y empiezan a alargarse los días. Después del edicto de Milán, por el que Constantino declaró el cristianismo como religión oficial del imperio, los romanos siguieron celebrando las saturnalias, que impulsaban a posponer los negocios, parar las guerras, intercambiar regalos y hasta dar una libertad temporal a los esclavos, todas actitudes que se traspasaron a la Navidad. Por eso la Iglesia absorbió esa fiesta, pero dándole un significado distinto: evocar el nacimiento del Señor. Alrededor del siglo III, Clemente de Alejandría, no obstante, había dicho que Jesús nació en mayo. Pero su opinión fue ignorada, porque se había empezado a insistir en el 25 de diciembre. En el año 350 (¡ya habían pasado más de tres siglos frente al hecho histórico!), el papa Julio I propuso que el nacimiento de Jesús fuera celebrado el 25 de diciembre, iniciativa que fue finalmente consagrada por su sucesor, el papa Liberio. La decisión no tuvo acogida universal de inmediato, sino que se propagó a lo ancho del planeta en un par de siglos.

Al comienzo había sido más popular la Epifanía que la Natividad. La Epifanía se refiere a la adoración de los Magos, es decir el reconocimiento de Jesús por el mundo. Pero, en la actualidad, la Epifanía sólo tiene relevancia en Armenia y en el espacio hispanoamericano.

En los países escandinavos, la Navidad se fecundizó con viejas celebraciones locales. Una de ellas tiene su origen en el Yule o Yuletide. Son términos arcaicos indoeuropeos que se utilizaban para observar los cambios producidos por la rotación del Sol en torno a la Tierra y sus efectos sobre las cosechas. De allí surgen algunos rituales, como mantener una vigilia nocturna, decorar las viviendas con muérdago, dejar una vela encendida junto a la ventana, colgar figuras de madera en la puerta. La más notable es el árbol de Navidad y su decoración. También es notable cómo ha crecido un personaje extraño a las tradiciones cristianas originales como es Papá Noel, propio de los hielos de Escandinavia, y cuyo protagonismo ha disminuido el papel de los Reyes Magos.

Respecto al árbol de Navidad, en el norte europeo se fraguó esta leyenda. Durante la fría noche, un niño caminaba sobre hielos y nieve en busca de refugio. Lo recibieron en la casa de un viejo leñador, cuya mujer le sirvió una rica comida. En el curso de la noche, el niño se convirtió en un ángel vestido de oro: se trataba del Niño-Dios. Luego arrancó la rama de un pino y se la entregó a los ancianos como recompensa por su generosidad. Dijo que la sembraran en cuanto pasara el mal clima, prometiéndoles que daría frutos. En efecto, se desarrolló un árbol que daba manzanas de oro y nueces de plata. Por eso los adornos más comunes que se usan en esa región son manzanas o piedras pintadas. A mediados del siglo XVIII, en Bohemia se incorporaron las bolas de cristal. En el siglo XIX, el árbol se extendió por toda Europa y en el XX también se hizo popular en el continente americano.

Ahora la Navidad marca la feliz conclusión del año con regocijos seculares y religiosos. Convoca a las familias, estimula la bondad y celebra la vida. Con Janucá, la Navidad mantiene una tradición de vieja data, juvenil fortaleza y abundante floración de buenos sentimientos. © La Nacion

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